Por Victor Nuñez para La Razón España

Da igual que sigan llenando estadios, pabellones o salas de concierto. No importa lo que vendan, o que sus canciones se consuman por millones en plataformas como Spotify. Da igual que se escriban tesis doctorales, que se estudie su música en conservatorios, o que muchas de sus grandes bandas hayan tocado con orquestas filarmónicas. Para los medos de masas, el heavy metal no existe o si existe, normalmente, se asocia algún tipo de desviación psicológica o, en el mejor de los casos, a algo marginal.

Es una situación que se vive desde principios de los años setenta cuando este tipo de música comenzó a despuntar con bandas como Black Sabbath, Led Zeppelin o Deep Purple, o más tarde, de una forma mucho más pura, con Iron Maiden, AC/DC, Metallica, Judas Priest o Mötorhead. Algunas de ellas siguen llenando estadios cuarenta años después. En nuestro país, grupos como Obús o Barón Rojo, especialmente este último, contaban sus conciertos con aforos a reventar y hacían giras internacionales mucho antes de que nacieran algunas de las rutilantes estrellas del pop, el trap o el reggaetón actual.

A pesar de su éxito entre una parte importante de los jóvenes, la respuesta de los medios, especialmente, las televisiones, era menospreciar, cuando no vetar, a este estilo musical. Parece que la consigna era que reinara el silencio, o la censura, pues una música que suele apelar en sus letras a la rebeldía ante las injusticias y al pensamiento crítico podía ser peligrosa si se extendiera entre la juventud. Mucho mejor que se dedicaran a entretenimientos menos subversivos, aunque hicieran apología de las drogas, el machismo y hasta la violencia de género, como así ocurre con algunos de los géneros mainstream.

No digo que todo lo que sea Heavy Metal sea bueno y virtuoso. También existen, especialmente, en algunos estilos extremos, algunas bazofias que hacen apología de la violencia y el satanismo, pero son minoritarios. Muchas de las grandes letras del Heavy Metal hablan de Historia, Poesía o Literatura, o en el peor de los casos, simplemente, apelan a la diversión a través de la evasión. Existen estrellas como Bruce Dickinson, cantante de Iron Maiden, que son doctores universitarios, empresarios y conferenciantes internacionales. Los miembros de sus bandas son, en su mayoría, virtuosos, pues su interpretación es de una gran complejidad técnica. Algunos de ellos son verdaderos genios de la música. Hay estudios que demuestran, incluso, que los niños que eligen el Heavy Metal tienen coeficientes intelectuales más altos que los que prefieren otros estilos musicales.

La mayor parte de los grandes medios seguirán premiando baratijas musicales de usar y tirar, canciones con letras escritas por semi analfabetos y ritmos que podrían ser compuestos por un mono (y que perdonen los simios), o a grupos que dentro de unos años no los conocerán ni en su casa… Pero da igual, al final, como dice la letra de uno de los himnos del metal patrio: “Si he de escoger entre ellos y el rock / Elegiré mi perdición / Sé que al final tendré razón / ¡Y ellos no! / Mi rollo es el Rock”


 

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